martes, 11 de mayo de 2010

5 ..UNION LIBRE.

UNION LIBRE.

Para no tener que ver más a Joana, pedí mi cambio de grupo en la universidad. Ella, a su vez, evitó encontrarse conmigo, pero yo sabía que se vengaría, aunque no fuese de inmediato.
A partir de que se iniciaron las clases mis encuentros con Dhamar se hicieron más espaciados y sustanciosos. Ambos, con trabajo y estudio, estábamos habitualmente ocupados desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche. Sin embargo, pasábamos juntos todos los fines de semana.
Aquella tarde dominical estábamos en su casa solos. Sus padres habían recibido una excelente propuesta de negocios en una ciudad ubicada a mil doscientos kilómetros de distancia, de modo que toda la familia, a excepción de ella, se encontraba haciendo un largo viaje, supervisando los detalles de su próximo traslado.
—¿Y cómo van las relaciones con tu mamá? —me preguntó.
—Bien —contesté echándome a la boca una uva del frutero—. Desde la noche en que hablamos ha habido un cambio radical entre nosotros. Ahora conversamos más seguido, como dos buenos amigos.
—¡Cuántas cosas importantes pasaron esa noche!
—Sí —bromeé—. Las primeras rosas que te compré terminaron marchitas en el bote de la basura.
—Pero desde entonces me regalas un ramo cada semana.
—Te noto muy romántica, Dhamar. ¿No se suponía que íbamos a estudiar para tu examen de mañana?
Hizo un gesto de niña rebelde y abrió el voluminoso libro de matemáticas que estaba sobre la mesa.
—¿Quieres una uva? —le pregunté enseñándole la pequeña fruta entre mis dientes.
Sonrió con malicia y se incorporó para acercarse muy lenta¬mente y quitármela con la boca.
—No te vayas —Ia atrapé.
—Lo siento… Tenemos que estudiar… —se zafó de mi abrazo para volver a su asiento frente a la mesa del comedor. Me puse de pie y acerqué una silla a su lado.
Nuestro noviazgo era tan significativo y noble que nunca lo imaginé posible dentro del contexto de mis antiguas referencias. Con el paso de los meses el amor que nos unía se había confirmado como algo excepcional, portentoso, sui generis.
Sin embargo, un grave problema estaba dándose forma entre nosotros. Era fácil comprobar la afinidad intelectual entre ambos y regocijarse con la espontaneidad de nuestra comunicación pro¬funda, pero lo concerniente a la atracción de los cuerpos estaba convirtiéndose en un defecto insufrible. Era demasiado fuerte, en extremo poderosa, materialmente incontrolable. Podíamos pasar largas horas trabajando, platicando o jugando, pero en cuanto había ocasión de un ligero roce corporal, en ambos se nos desper¬taban pasiones trepidantes. Nos entregábamos a besos profunda¬mente sensuales y a oscilaciones arrebatadas que no son para ser descritas. Era un fenómeno curioso, fuera de lo común, y cuando estábamos ecuánimes solíamos bromear respecto de él.
—Aléjate de mí —me decía—, eres un monstruo llameante, abrasador.
—Abrazador, querrás decir —y me iba sobre ella.
—¡No me toques! —gritaba.
—Ni tú a mí—me separaba—. Si y o soy un monstruo, tú eres una extraterrestre. No estás hecha de “carne y hueso” sino de “carne y sexo”.
Y reíamos jovialmente. Lo cierto es que la combustión de nues¬tros somas no estaba lejos de convertirse en incendio letal. Y esa tarde sucedió…
Mi visita a su casa tenía la intención de ayudarla a preparar un examen de cálculo integral que presentaría al día siguiente, pero apenas me quitó la uva de la boca y percibimos el silencio y la quietud del lugar, sabiendo que nadie llegaría en toda la tarde, ni en toda la noche, nuestros corazones comenzaron a latir en forma incontrolada. Nunca antes habíamos enfrentado circunstancias tan tentadoras. Puedo afirmar, con absoluta certeza, que cuanto hice y dije durante ellas cambió por completo los derroteros de mi existencia.
Y no me arrepiento, pero pude haberme arrepentido grande¬mente. A las recomendaciones de mamá, que indicaban controlar la imaginación e impedirse fantasear habitualmente con situacio¬nes eróticas, les había hecho falta una más: identificar las situaciones propicias para el sexo inoportuno antes de estar en ellas y decidir si era conveniente eludirlas o no. Porque de si¬tuaciones como en la que nos vimos inmersos esa tarde no es posible escapar. La oportunidad se levantó a nuestro alrededor como una muralla infranqueable, haciéndonos olvidar los con¬ceptos filosóficos y dejando fuera de combate voluntades y pro¬pósitos.
Parsimoniosa, temerosamente, llevé una mano a su rostro y sentí cómo se estremecía al contacto; jugueteé con su cabello y acerqué mi boca a la suya sin tocarla, a unos milímetros de dis¬tancia. Cerró los ojos quedándose muy quieta, con las mejillas enrojecidas y la respiración agitada.
Me puse de pie, flotando, y la abracé por la espalda suavemen¬te. Enlazó mis manos alrededor de su cuello y me llenó los brazos de besos. Se volteó para colocarse nuevamente frente a mí. Nos miramos uno al otro, inmovilizados por un respeto ilógico. Ella no quería perder la virginidad así… allí… y yo no quería que eso ocurriera. Fueron suficientes las miradas para quedar de acuerdo.
Actuamos bajo esos límites, alegres, poseídos e impresionados por la inaudita explosión de nuestro universo físico.
Una nube blanca de inquietud nos envolvió, y todo fue falso y todo fue cierto, y atrapados en esa cápsula pegajosa a cuyas paredes se adhería obstinadamente nuestra piel, luchamos por respetar las ideas de continencia; pero éstas, atemorizadas, se retiraron agazapándose en un rincón de la sala, disminuidas por el tamaño de esa energía inexplicable. No era mi cerebro el que razonaba ni el de ella; era el cerebro ciclópeo de la Naturaleza que enfurecida se alzaba sobre nosotros para reclamarnos lo que le pertenecía. La oscuridad tintineante de nuestros ojos, cuando estábamos unidos en besos eternos, semejaba más una sensación maniaca que amorosa. Mis incontrolables manos cobraban autono¬mía y se mostraban tensas, desesperadas, dispuestas a destruir, a romper, a abrirse paso; mis dedos se movían por iniciativa propia, acariciando, asiendo, desabrochando… y los de ella hacían su parte contagiados de la frenética locura. Ignoro cuánto tiempo estuvimos jugando al frustrante pasatiempo de masticar sin deglu¬tir, de estudiar sin aprender, de acostarse sin… (¿dormir?), pero el aire dentro de la gelatinosa burbuja en la que estábamos atrapados se convirtió en una amalgama sicodélica de vibraciones excesivas, de tendencias confusas, prohibidas: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza.
Repentinamente recordé a Joana. ¿No había vivido con ella una enajenación similar, aunque menor, y la experiencia no me demostró sobradamente que había sido un grave error? Con Joana tuve relaciones completas, cosa que no sucedería con Dhamar. ¡Pero ese casi tener sexo, ese permitirse todo, excepto la culmi¬nación natural y entera del acto, estaba resultando más atrayente y enloquecedor que el mismo sexo completo! ¡Qué concepto tan impresionante había tomado forma en mi entendimiento! Si el coito clandestino hacía perder objetividad, el manoseo intem¬perante con poca ropa, o sin ella, hacía perder más que eso.
—Maldición —espeté separándome y echándome a caminar en círculos—. No quiero cometer errores contigo, Dhamar. ¡Ahora que te he encontrado no voy a permitirme perderte!
Confundida, mi novia me observó andar de un lado a otro como animal enjaulado.
—¿Por qué habrías de perderme? —preguntó.
—Por lo que está pasando entre nosotros. Es increíble. ¡Dentro de poco te irás a residir a una ciudad muy lejana y dejaremos de vernos y todo se vendrá abajo!
—No pienses en eso ahora —se incorporó para abrazarme—. Ya encontraremos la solución.
—¿Telefoneándonos? ¿Escribiéndonos? ¡No! —Ia excitación física se había hecho una sola con la mental—. ¡Encuentro a la mujer de mi vida y Dios me la quita…!
Hubo un silencio prolongado. La misma vergüenza que debie¬ron de sentir los primeros pobladores de la Tierra después de haber comido la fruta prohibida comenzó a interponerse entre nosotros al contemplar nuestros cuerpos semidesnudos.
Se acomodó lentamente la falda.
—No te vayas —le supliqué—. Tienes un buen empleo. Estás a la mitad de tu carrera profesional y en esta ciudad hay alguien que te quiere como no te querrá nadie en la vida…
Dejó de preocuparse por su vestimenta para echarse sobre el acolchado sillón de la sala y contestarme con tristeza:
—El doctor Marín abandonará la clínica muy pronto y yo me quedaré sin trabajo. En el sitio al que vamos hay una universidad filial en la que puedo, sin ningún problema, terminar mis estu¬dios. .. Y si mi novio me quiere, como dice… no dejará de amarme aunque estemos lejos.
—No quiero que te vayas —insistí—. He empezado a ganar bien y puedo rentar un departamento. Podemos vivir juntos, solos. Iremos poco a poco creciendo como pareja.
Bajó su vista y la mantuvo posada sobre la alfombra un largo rato.
—¿Qué es exactamente lo que me estás proponiendo, Efrén?
Matrimonio definitivamente no era. La idea de casarnos me inspiraba un gran temor y respeto. Después de tantas advertencias referentes a la enorme cantidad de fracasos por decisiones mal tomadas en la juventud, no quería arriesgarme a unirme para siempre a nadie. Ni siquiera a ella.
—Lo que vale entre nosotros es el amor —le contesté—. Esto que estamos viviendo. Es algo superior, más sublime, más pe¬recedero que un contrato de papel. No necesitamos los conven¬cionalismos sociales. Tú y yo podemos unir nuestras vidas sin tanto formulismo, con la confianza de que no nos traicionaremos nunca.
—¿Quieres que vivamos juntos? ¿Y por cuánto tiempo?
—Para siempre.
—Entonces casémonos. Lo que llamas convencionalismos so¬ciales tienen una razón de ser.
—Pero, ¿y si no funciona?
Se quedó callada, con la vista perdida. Luego reaccionó y co¬menzó a abotonarse la blusa. Tomó todo su tiempo en el prolijo arreglo del escote.
—Si lo que buscas es una aventura más de la que puedas huir en cualquier momento, la unión libre estará bien para ti, pero no pa¬ra mí, porque yo no busco eso. El día que me entregue a alguien será dando el todo por el todo. Quemaré los puentes tras de mí para verme obligada a caminar hacia adelante. No voy a eludir la res¬ponsabilidad de un hogar jugando a la casita.
—Me estás malinterpretando, mi amor. Vivir juntos sería un comienzo excelente —insistí—. Sólo así nos conoceremos a fondo y decidiremos sobre nuestro futuro con bases sólidas. No es lo mismo flotar por los aires haciendo cuanto acabamos de hacer, que contemplar la realidad de una convivencia diaria. ¿Qué mejor ga¬rantía podemos darnos para decidir bien? Si no nos entendemos seguiremos nuestro camino sin la terrible etiqueta de divorciados.
—Pues yo prefiero ser una mujer divorciada, con garantías, protegida por la ley, que una abandonada, tal vez incluso con hijos ilegítimos.
—Pero, ¿cómo puedes decir eso? Sin importar nuestro estado civil, nunca te abandonaría, y menos teniendo hijos. Mis intencio¬nes hacia ti son mejores de lo que te estás imaginando. Te amo para siempre, Dhamar. ¿Entiendes la magnitud de eso?
—Pues entonces casémonos. Yo no estoy dispuesta a ser tu concubina. Apostemos a ganar. Si en este momento me pides que sea tu esposa, aceptaré, aunque ninguno de los dos hayamos terminado nuestras carreras, aunque no estemos preparados eco¬nómicamente, aunque la decisión nos ponga en serios aprietos inmediatos. Pero aceptaré porque yo también te amo, Efrén, y porque, a diferencia tuya, estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por ese amor.
Hubo un silencio tenso. Mecánicamente, más para hacer tiempo que para cubrir mi parcial desnudez, me acomodé el pantalón, me subí el cierre, busqué mi camisa en el piso y me la puse.
—Cuando un matrimonio se va a pique, además de complicado, resulta muy dolorosa la separación —espeté por lo bajo—. Yo crecí en una familia deshecha y…
Me detuve. No quería hablar más a ese respecto porque era como poner el dedo en la llaga.
—Ahora te entiendo, Efrén. Si viviste de cerca la ruptura matri¬monial de tus padres es natural que defiendas la unión libre. Pero ellos no fracasaron por haberse casado… De hecho, si hubiesen elegido simplemente “juntarse”, de todas maneras se habrían separado. No digo que la unión libre dé siempre malos resultados, pero con ella la pareja tiene menos posibilidades de triunfar.
—Sin embargo, la mayoría de las personas que viven en unión libre terminan casándose —rebatí.
—¿Quién dijo eso? ¿Lo supones o hiciste estadísticas? ¡Es mentira! No te olvides que trabajo en una clínica de integración conyugal y he tenido en mis manos toda la información a ese res¬pecto. La realidad es muy diferente a lo que puede parecemos lógico. Es cierto que poco más de la mitad de los matrimonios se pierden; sin embargo, de cada cien uniones libres setenta y cinco fracasan. Hay una diferencia abismal.
—Pero ¿por qué? —cuestioné inconforme.
—Porque es un acuerdo que sólo le conviene al hombre. Con¬sigue todos los placeres del matrimonio pero sin asumir ninguna responsabilidad. Cuando está harto del sexo y se enfrenta a los problemas de pareja, prefiere salir por la puerta de atrás, que dejó abierta.
Me quedé pensando. José Luis, mi amigo y profesor de la universidad, era un tipo infeliz pues había vivido en unión libre tres veces sin que ninguno de esos “matrimonios a prueba” fra¬guara. Tal vez si se hubiera casado con su primera amasia aún seguiría unido a ella y también sería infeliz por tal motivo. ¿Qué era más prudente? ¿Dejar abierta la puerta de atrás para salir huyendo si nuestra parej a se revelaba como un engendro aberrante, o encerrarse para pelear a muerte con ella intentando, obligatoria¬mente, adaptarse a su fealdad? Mi enredo mental no me permitió opinar.
—Tú me dijiste una vez que un profesor tuyo vivía en unión libre. ¿Cómo le ha ido?
—Bien —mentí.
—Pues yo he visto de cerca un ejemplo al que le ha ido muy mal. La hermana mayor de mi mamá se escapó con su novio y aceptó vivir con él. Pero una serie de fenómenos curiosos, que no pasan en un matrimonio, comenzaron a ocurrir. Su compa¬ñero sexual derrochaba el dinero completo de sus quincenas jugando cartas y a ella parecía no importarle. Mi tía solía decirle a mamá: “Si no sabe cuidar su capital es problema de él; así nunca logrará hacer nada”. Y mamá le contestaba: “¡Pero tú también despilfarras comprando ropa exótica que no usas nunca! ¿No piensan ahorrar para adquirir una casa? ¿No planean tener una posición mejor en el futuro? ¡Aunque no estén casados tú debes hacerle ver sus errores y él debe hacértelos ver a ti!” Pero eso nunca ocurrió, porque ellos no tenían una sociedad conyugal, tenían una unión libre, y en este tipo de vínculo existe el riesgo latente de que en cualquier momento alguno de los dos, por lo regular el hombre, lance al demonio a su querida y dé por terminado el asunto. Nadie puede vivir tranquilo con ese peligro acechando. ¿Sabes lo que le ocurre a las parejas que se mudan a la misma habitación sin casarse? Se ven precisadas a mostrar siempre su mejor aspecto, como lo hacen los novios, y a dejar sin resolver pequeños detalles molestos por miedo a desatar una tormenta. Pero la vida está hecha de detalles y la cantidad de inconformidades mutuas no resueltas tarde o temprano estallan, dando al traste con todo. Mi tía, cuando se quedó sola con una hija sin padre, le confesó llorando a mamá que siempre vivió temerosa de ser abandonada y lo que inicialmente se hizo pensando en una hermosa relación unida por el amor sublime y no por vulgares formulismos sociales terminó siendo un banque¬te sexual para su novio que, una vez saciado, se retiró con las manos limpias. La unión libre es querer tener placer y belleza sin arriesgar nada. Es una relación falsa, endeble, es decirle al amor “quizá” y no “sí”. Pero el amor no admite dudas. El amor es o no es. Si mi tía se hubiese casado estoy segura de que se hubiera visto obligada a encerrarse con su marido para discutir muy seriamente sus diferencias y ambos hubiesen tenido que luchar por limar disconformidades, pensando en el futuro, como lo hacen todos los casados.
—Y tal vez hubiesen terminado divorciándose de cualquier manera —opiné.
—Tal vez, pero no sin antes haber hecho todo lo posible por salvar su unión. Hay muchos factores que empujan a los esposos a perseverar por solucionar los problemas de su vida conyugal. Te los voy a enumerar: EN PRIMER LUGAR, se comprometie¬ron públicamente, ante todos sus amigos y familiares; no es fácil explicar a medio mundo un fracaso de esta magnitud, de modo que el compromiso social y familiar también juega un papel importante. EN SEGUNDO LUGAR, si se casan por la Iglesia, se comprometen ante lo más grande y supremo que cualquier ser humano pueda tener: Dios; Él es su sentido trascendental de existir, su fuerza motivadora de amor, paz, honestidad, verdad, esperanza; si es difícil darle la cara a la gente para explicar un divorcio, es mucho más difícil darle la cara a Dios… Y EN TERCER LUGAR, al casarse por lo civil existe un compromiso legal que otorga obligaciones y garantías muy claras. Los que viven en unión libre no cuentan con ninguno de estos tres elementos de apoyo para luchar. Antes bien, la sociedad los tien¬ta a separarse, se sienten espiritualmente arruinados y pueden hacer cuanto les venga en gana sin ninguna complicación pro¬cesal.
—Hace poco —comenté tratando de darle un tono más casual a la plática— vi en televisión a un grupo de chicas que apoyaban la unión libre. Si es cierto todo eso, ¿por qué las feministas promue¬ven algo que las perjudica tanto?
—No lo sé. En afán de libertinaje cualquiera se convierte en su propio enemigo. Esas mujeres son inmaduras. Podrán hablar de ideas modernas, pero tarde o temprano querrán un hogar donde no sean usadas como un simple instrumento sexual, donde sean verdaderamente amadas y respetadas, donde puedan tener hijos y criarlos con el apoyo de un esposo real. Porque, Efrén, si en unión libre llega a haber hijos, se les condena a vivir en un hogar anormal, en el que por lo común hay total carencia de valores. Para muestra de todo eso: la hija de mi tía. Tiene aproximadamen¬te mi edad y aunque es buena para el estudio, es terriblemente liberal —suspiró—. En fin. No me extrañaría que Joana se con¬virtiera en prostituta. Y todo por causa de…
—¿Qué dijiste? —Ia interrumpí dando un salto—. ¿Tu prima “Joana”?
Eso exactamente había dicho. Me observó asombrada.
—¿La conoces?
Me negué a afirmarlo. Extraje un pañuelo y me limpié el sudor de la frente. Es realmente un mundo pequeño. ¿Quién lo hubiera imaginado?
—¿Tu prima es estudiante de odontología, novia de un tipo lla¬mado Joaquín, muy alta, atractiva, sensual…? —y estuve tentado a agregar: “sifilítica”.
—Exactamente. ¿La conoces? —repitió desconfiada.
No había escapatoria.
—Mejor de lo que te imaginas…
-¿Es ella…?
Asentí.
Me miró con los ojos muy abiertos. Hubo un silencio tenso. Acorralado por la dureza de su rostro, haciendo grandes pausas, comencé a confesarle todos los detalles de mi relación con su prima, sin olvidar comentarle lo de la amenaza.
Dhamar bajó la cabeza por un tiempo que me pareció eterno. Cuando la levantó, su gesto se veía lleno de tristeza, pero sereno.
—Joana me llamó hace poco para pedirme una cita con el doctor Asaf —susurró como para sí—. Mi tía ha cohabitado con varios hombres. Su último galán, con quien lleva viviendo más de dos años, es un militar de mal carácter que gusta de agredir a todo el mundo por las más pequeñas insignificancias.
Se volvió a quedar callada meditando y finalmente agregó:
—Yo estaba muy preocupada por el asunto pendiente que tenías con “alguna” chica… Ahora no sé qué pensar.
Hubo un silencio cargado de melancolía. La miré de frente y no pude contener la frase:
—Te amo, Dhamar.
Sonrió tristemente y me tendió una mano. Me acerqué y la tomé para acariciarla.
— ¿Entonces —pregunté meditabundo— el matrimonio, con todo y la mala fama que tiene, sigue siendo la opción más inteligente?
—Sí, Efrén. Y no estoy sugiriendo que sea el estado perfecto o idílico en el que todos serán felices. No. Entre los retos más difíciles de lograr que hay en este mundo no hay ninguno más difícil que un buen matrimonio. Se debe trabajar mucho por é!, sacrificarse, renunciar a infinidad de cosas Si nosotros nos ca¬samos, tal vez algún dia yo llegue a desear ponerle cianuro a tu café y quizá tú hagas complicados planes para ahorcarme. Pero después de luchar y desgreñarnos vendrá la calma y las lágrimas, y podremos abrazarnos y reírnos de nosotros mismos. El periodo de adaptación será largo, difícil, doloroso. Pasarán años y no terminaremos de aprender a convivir como pareja. Será complejo, pero valdrá la pena, porque cuando todo parezca ponerse en contra tuya, cuando caigas y te sientas derrotado, sabrás que habrá alguien que te espera con los brazos abiertos, que te ama, que se siente mal por tu tristeza, que estará a tu lado siempre, no importando los giros de tu fortuna. Y si es tarde y no has llegado a casa, tu esposa estará despierta, mirando el teléfono y asomán¬dose por la ventana cada vez que oiga un auto. Y a mí, cuando los niños me falten al respeto, cuando el trabajo de la casa me agobie, cuando mis planes se deshagan y todo parezca venirse abajo, mi esposo me apoyará, me tomará de la mano y me dará fuerzas, como un amigo sincero en cuyo pecho podré llorar abiertamente, sin vergüenza y sin temor. Así como compartiremos el dolor también estaremos juntos para vivir las alegrías de nuestros logros, la felicidad de las fechas importantes, la belleza de ver crecer a nuestros hijos. Y cuando apaguemos la luz después de un día intenso, tendremos a quién abrazar por debajo de las sábanas para quedarnos dormidos al calor de su cuerpo…
Dhamar era toda una mujer. Su madurez me asombraba, su entereza, su fuerza espiritual, su inteligencia, me dejaban sin habla.
—¿Sabes una cosa? —dije luchando contra las lágrimas—. Podrías ser una excelente vendedora.
Reímos con alegre emotividad. Me tendió los brazos y me acerqué a ella conmovido. La abracé con fuerza y, mientras lo hacía, cerré los ojos para susurrarle al oído que nunca la dejaría ir, que me tuviera paciencia, que la amaba, que daría mi vida por ella.

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